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La geopolítica del Sionismo

 La geopolÃ?­tica del sionismo

 

Suele pensarse que cuando hablamos de sionismo, nos referimos a una doctrina ideológica que tiene como espectro de acción al Estado de Israel y por supuesto el territorio sobre el cual (literalmente) se extiende, Palestina. No obstante, esta apreciación está alejada de la realidad, pues el sionismo se desarrolla, fomenta y practica, a nivel global, circunscrito en el contexto de la modernidad capitalista neoliberal, que es lo que pretendemos evidenciar en este artículo.

El sionismo político y su contexto histórico primigenio -finales del siglo XIX- es heredero de la tradición hegeliana del Estado ético superador de la historia y los logros de la humanidad a través de su realización. El Estado para la razón occidental moderna representa la voluntad clara, expresa y evidente de la idea ética, señalando que esa autoconciencia es siempre humana, mediada por las costumbres, pero sobre todo por los afanes humanos, que se conjugan en un ethos realizador activo que universaliza la voluntad concreta en una razón universal. Hegel señala: 

En cuanto realidad de la voluntad sustancial, realidad que ésta tiene en la autoconciencia particular elevada a su universalidad, el Estado es lo racional en sí y para sí. Esta unidad sustancial es autofinalidad absoluta, inmóvil, donde la libertad llega a su derecho supremo, así como esta finalidad última tiene el derecho supremo frente a los individuos, cuyo deber supremo consiste en ser miembros del Estado (…) El Estado es la realidad de la idea ética, el espíritu ético en cuanto voluntad clara, ostensible a sí misma, sustancial, que se piensa y sabe y cumple aquello que sabe y en la medida en que lo sabe. En la costumbre tiene su existencia inmediata, y en la autoconciencia del individuo, en su saber y actividad, tiene su existencia mediada, así como esta autoconciencia, por el carácter, tiene en él cual esencia suya, finalidad y productos de su actividad, su libertad sustancial.

Un dato necesario: Theodor Herzl, padre del sionismo político, austro-húngaro de nacimiento, funda en 1897 la Organización Sionista Mundial, como expresión organizada del movimiento sionista, fundamentalmente, europeo que se establece como objetivo, en términos generales, alcanzar la unidad del pueblo y territorio judío, mediante la Aliyá (o retorno de los judíos a Sion) para el establecimiento de un Estado Sionista, Judío y Democrático.

¿Cómo interpretar este objetivo?

La modernidad occidental, se ha fundamentado bajo el paradigma kantiano de La Ilustración, una ética del deber ser que usa a la humanidad siempre como un fin, una humanidad que, no es extensible a todo el género humano, sino a una humanidad particular en cuanto portadora de una razón práctica, capaz de que el fin suponga una ley universal enmarcada en la unilateralidad, el orden y el progreso. En palabras del mismo Kant:

La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad… El mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración.

Como observamos, esta audacia (¡Sapere aude!) es autocomplaciente, se define para sí mismo, es el llamado a la acción de poner el entendimiento propio al servicio de los objetivos propios del sujeto, sin función o mediación de nadie más; una audacia que se concibe a sí misma como el salto de la razón para moldear al mundo a imagen y semejanza de sí misma. Y es tan fuerte la convocatoria que hizo Kant, que posibilitó: La justificación de la acción colonizadora, precedente a sus escritos, como en la conquista de América y África por parte de Europa. Pero también fue el parte aguas de la historia de Europa, pues ya no se emprendían las campañas de colonización solamente por necesidad, sino por racionalidad, supuso el encuentro tan esperado con aquellos que escaparon de la caverna de Platón, aquellos que debían mostrar que el mundo no era lo que las sombras frente al fuego decían, sino otra cosa igualmente recreada. Significó también el comprobante de que la sentencia de Galileo: “La mayor sabiduría que existe es conocerse a uno mismo”, era extensiva al mundo real, pues la audacia codificaba al mundo en función del sujeto y por tanto facultaba al sujeto portador de la razón para definirlo según sus necesidades.

Sin embargo, la Modernidad Ilustrada, se desarrolla sobre las ruinas del mundo pasado, sobre las herencias trágicas de una sociedad cargada de dogmas, de los que  no se desprende, y más bien los coloca como los significantes de la memoria funcional al nuevo mundo que se ideaba y se construía paralelamente. Y por lo tanto el imperativo era modernizar: por la razón o por la fuerza.

Se preguntarán: ¿Y en donde entra el sionismo? Pues en eso mismo. El sionismo es un corpus ideológico que construye: Pueblo-Estado-Nación-Democracia a priori, es decir que primero los racionaliza para posteriormente objetivarlos, materializarlos. El mismo Theodor Herzl señala en 1897: “En Basilea yo fundé el Estado judío (…) Quizá en cinco años, o quizá en cincuenta, todo el mundo lo verá.” Herzl es enfático, levanta esa frase sin poder desprenderse del YO cartesiano; del YO que ha razonado para comprender y concebir su existencia y objetiva esa conciencia de sí, instrumentalizándola para su cometido, dotando de un concepto particularizado sionista a cada uno de los pilares de su proyecto.

Analizando el discurso de Herzl, encontramos la médula moderna del sionismo, y pretendemos ubicar dicha matriz a través de su desarrollo histórico. Tal como señala la Organización Sionista Mundial: “Herzl señaló cual era el camino. Hoy ratificamos nuestro compromiso. Él hizo lo suyo (…) ahora nos toca a nosotros” . Herzl legaba a la comunidad sionista la tarea de:

Depende, pues, de los mismos judíos el que este proyecto de Estado no sea, por ahora, nada más que una novela. Si la generación actual permanece todavía impávida, ya vendrá otra superior y mejor. Los judíos que quieran tendrán su Estado y lo merecerán.

El final de la II Guerra Mundial y la campaña antisemita que se vivió en los años precedentes en Europa, fueron el caldo de cultivo para que el capital del Banco Judío, que venía siendo invertido para la compra de tierras en Palestina, en una suerte de plusvalía extraordinaria, salte de la mera acción económica a la política internacional y obtenga no únicamente los títulos habilitantes de las tierras adquiridas sino el derecho de propiedad de su tierra. Basta decir que este salto de lo cuantitativo a lo cualitativo respecto a la/s tierra/s en Palestina tiene también su estrategia geopolítica tanto porque: 

No era posible emanciparnos legalmente en los lugares en que morábamos. En el gueto nos habíamos vuelto, de manera notable, un pueblo de burgueses y aparecíamos en competencia terrible con la burguesía. 

Cuanto porque:

Si (…) nos diera Palestina, podríamos comprometernos a regularizar las finanzas de Turquía. Para Europa formaríamos allí un baluarte contra el Asia; estaríamos al servicio de los puestos de avanzada de la cultura contra la barbarie. 

A estas alturas, es necesario considerar la disputa ideológica que surgió en el seno de Alemania y que se extendió rápidamente por Europa y llegó a su clímax con la Ética Protestante de Weber, hecho que supuso una disputa irresoluble entre dos ethos, (ambos europeos, ambos capitalistas): el judío y el protestante, que no tenían posibilidad de seguir desarrollándose en un mismo espacio, ya que sus contradicciones reflejaban la pugna por la hegemonía de sus élites burguesas, que en última instancia disputaban la hegemonía del control cultural como mecanismo para el desenvolvimiento histórico de la sociedad civil; en términos hegelianos, a su imagen y semejanza. La disputa judío-protestante desbordó así los límites del Estado Nación -Europeo- haciendo inminente la necesidad de apuntar a un mismo objetivo pero desde cuerdas -geográfica y geopolíticamente hablando- separadas. Los burguesía judía representaba la mayor amenaza para las pretensiones liberales del protestantismo, pues las contradicciones sociales de la Europa decimonónica requerían de una razón de Estado unitaria que cimiente el esquema de explotación capitalista, y sin perder lo más por lo menos, el desplazamiento de los judíos era el enroque necesario para que la razón Europa eche raíces por otras latitudes, pasando la burguesía judía de oprimida a opresora en un lapso relativamente corto de tiempo.

Tal como sugería Lenin: “No pintéis al nacionalismo de rojo”, el proyecto nación sionista, materializado con la creación del Estado de Israel en 1947, no tiene nada de revolucionario ni en lo sustantivo, ni en lo social y supone la devolución del favor al capital judío que financió en varias partes las campañas guerreristas y el consecuente reparto del mundo. Así pues exigiendo su parte, se crea el Estado de Israel con las funciones descritas por Herzl, “ser avanzada de la cultura contra la barbarie”.

Una barbarie, por supuesto, encarnada y representada en el Otro, que constituye el argumento fundacional de la “nación” judía. Como sugiere Erick Hobsbawm en Naciones y nacionalismo, el nacionalismo es antecesor de la nación y el proyecto del Estado de Israel, la construcción del discurso que lo sustente y la realidad concreta de una historia reciente tornaban real la novela de Herzl por fines absolutamente funcionales de un estadio transitorio que hace de la resolución de la Sociedad de Naciones la última colonial o la primera neocolonial. El señalamiento de una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra replica el esquema eurocéntrico aplicado en 1492 en él, según Dussel, encubrimiento de América. 

Es Enrique Dussel quien afirma: La Modernidad “nació” cuando Europa pudo confrontarse con “el otro” y controlarlo. Un nacimiento perpetuado con la colonialidad del poder (de Quijano) en Latinoamérica y un proyecto neonato en oriente medio con la neocolonialidad del sionismo, que difiera de la matriz colonial tanto por historia como por método, pues mientras el colonialismo ubicaba polos de dominación dentro de asentamientos humanos “inferiores” el neocolonialismo de Israel se expresa en encubrimiento y aniquilamiento del otro. Ambos estadios históricos comparten pues el mito salvífico que Catalina León define: “El tránsito del logos al mito ilustrado de la razón en las condiciones históricas se dio en el momento que la modernidad articuló progreso y salvación, a partir de una práctica de violencia colonizadora”, un acto que purifica la opresión y solapa la limpieza étnica que se ha cometido desde 1947 a la fecha con el pueblo palestino.

De esta manera, las permanentes anexiones Israelíes, de territorio palestino cumplen una función geopolítica: asentar el dominio neocolonial del imperio sobre la región de medio oriente, mediante el funcionamiento paralelo, y a conveniencia,  de Israel como Estado finlandizado y como Estado satélite; así como la construcción de la otredad barbárica, la creación, para nada casual, del enemigo al cuál el deber ser moderno debe salvarlo por el imperio de la razón.

Israel sirvió, de esta forma, como el reservorio de un conflicto, una latencia, que termina de incubarse cuando el desmoronamiento del bloque socialista de Europa oriental en 1991 hace necesaria la emergencia del mundo musulmán como la nueva civilización enemiga. Que propagandísticamente replica y evoca la confrontación entre espartanos y persas, pero que se encarniza con los países ahora “musulmanes” no afines al imperialismo, donde median por supuesto intereses económicos.

El desgaste de los discursos de la geopolítica imperialista requiere del recambio permanente del enemigo, que intencionalmente exacerba los nacionalismos y fundamentalismos tanto en occidente como en oriente como parte de la incertidumbre estratégica. No en vano Israel ha recibido de parte de occidente, indistintamente de la existencia o no de conflicto, las mayores contribuciones económicas para implementación y desarrollo armamentístico, con la particularidad que el lobby sionista nos plantea la disyuntiva: ¿Es occidente quien ordena a Israel, o es el sionismo quien ordena a occidente? Basta observar la actuación del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas respecto al conflicto Palestino Israelí.

Tal como sostiene Slavoj Žižek: 

La historia del surgimiento de los Estados Nacionales es la historia de la “transubstanciación” de las comunidades locales y de sus tradiciones en nación moderna en cuanto “comunidad imaginaria”. Este proceso supuso una represión violenta de las formas auténticas de los estilos de vida locales y/o su reinserción en una nueva “tradición inventada” omnicomprensiva. 

Que en el caso del Estado de Israel no se satisface con la alienación cultural del pueblo palestino, o la acumulación por desposesión, y transgrede los límites de lo imaginario, llegando incluso a provocar la deserción de sus propios ideólogos contemporáneos, tal es el caso de Avraham Burg, expresidente de la Organización Sionista Mundial quien señaló en su artículo: “La revolución sionista ha muerto” que la definición de Israel como Estado Judío llevará a su destrucción.

En la actualidad, los objetivos establecidos en el Plan de Herzl han sido cumplidos: Un “’pueblo’” con soberanía sobre un espacio territorial del planeta, una Razón de Estado, en tanto que democrático moderno-liberal. Tan solo falta el reconocimiento de parte de la ONU de Israel como Estado Judío, que de suceder supondría el inicio del fin del ciclo de la modernidad conocida, donde una neoilustración sionista, con los alcances y poder que actualmente detenta, no únicamente se defina en antagonismo al Otro sino mediante la eliminación del Otro premoderno, salvaje, encasillando en esa condición a cualquier pueblo que habita en el mundo.

La geopolítica del sionismo practica una aliyá georeferencial que mitiga las contradicciones de clase al interior del sionismo mediante lo que señala por Claudio Katz, haciendo que la clase trabajadora de los países donde se afincan los capitales judíos quienes sostienen al proyecto sionista.

Existe un antagonismo entre el capital y el trabajo que obstruye estructuralmente estas mejoras, que habitualmente surgen de un choque social: cuando los trabajadores imponen conquistas, los capitalistas retroceden y viceversa. Pero ambas partes solo pueden ganar conjuntamente, si los costos de la confrontación son exportados y solventados por otros pueblos del mundo. 

Así las cosas, la actividad de internacionalismo activo a favor de la causa palestina, en cualquier lugar del mundo, se suma a una estrategia anti hegemónica en defensa de una humanidad que hoy ve en riesgo su existencia por la transnacionalidad del capital como ninguna otra vez en nuestra historia. 

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